Al ver al hombre de mediana edad encorvado y cojo, carente de toda dignidad, Egidio y su compañero se quedaron horrorizados, como grillos en invierno. El hombre frente a ellos era una eminencia en el País L, un ser ante el cual incluso los hijos de los emperadores debían inclinarse con gran reverencia. No era exagerado decir que si él quisiera, podría matarlos a todos sin más.
Cuando Pedro lo vio, su rostro se ensombreció involuntariamente. Un fuego ardiente brillaba en sus ojos.
—Va a haber un