—¿Qué?
Mirando el cuerpo de su hermana, Ramiro se sintió como si un rayo le hubiera golpeado.
Nunca imaginó que Pedro sería tan despiadado, matar sin más, sin perder tiempo en charlas inútiles.
—¿Tienes algo más que decir? —dijo Pedro, impasible.
—¡No me mates! ¡Por favor, no me mates!
Ramiro se desmoronó, se arrodilló en el suelo y comenzó a golpear su frente en súplica:
—Fue un error por mi parte ofenderte, te ruego que me perdones y me dejes seguir viviendo. Te garantizo que nunca volveré a