Los demás invitados también quedaron patas arriba, algunos gravemente heridos, otros muertos en el acto.
Bajo la terrorífica onda expansiva de la explosión, toda la sala del banquete fue nivelada en un instante.
Pronto, los lamentos se extendieron por doquier, y la carne y la sangre volaron por los aires.
Tomás, con el cabello despeinado y sin preocuparse por sus propias heridas, se apresuró hacia el centro de la explosión.
En medio de los escombros, comenzó a buscar frenéticamente.
Después