Delicia comprendía el propósito detrás de la pregunta de Antonia. Si nadie creía lo malo que Delicia decía de Antonia, menos aún lo harían si viniera de otros. Al contrario, solo conseguiría que la familia Jiménez la viera con malos ojos.
La confianza ciega que Isabel y Alvaro depositaban en Antonia era evidente para Delicia, sin lugar a dudas ni sospechas.
—Sabes, das lástima. —dijo Delicia, levantando su taza de café con despreocupación.
Viendo cómo el rostro de Antonia se oscurecía, continuó: