Delicia mostraba una serenidad imperturbable en su rostro, sin darle importancia a que Carmen Jimenez la pusiera en apuros delante de tanta gente. Alvaro, por su parte, sostenía firmemente la mano de Delicia.
—¡No tengo nada que ver con ella! —exclamó.
La ya tensa expresión de la anciana se oscureció aún más al oír estas palabras de Alvaro, sintiéndose avergonzada frente a todos.
Delicia, con una sonrisa, intervino:
—Señorita Solís es una dama distinguida. Alvaro, siendo un hombre casado, no