Aunque era consciente de que todas las miradas estaban puestas en él y que el salón se quedó en silencio cuando anunciaron a Claire, Lancaster se abrió paso hacia las escaleras, conviniendo su llegada con la de ella, quien bajó con elegancia cada peldaño.
Al verlo acercarse, la dama le sonrió mientras realizaba una reverencia como mandaba la etiqueta. Arthur hizo lo propio inclinándose y trató de ignorar el hormigueo que le asaltó de pronto, cuando tomó su mano enguantada y le besó los nudillos