El semblante furioso de Essex se trasformó; una ancha sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Has dicho también? —preguntó suspicaz.
—Yo no he dicho eso —el duque, desconcertado, se apresuró a negarlo.
—¡Oh, sí! Fue precisamente lo que acabas de decir —insistió Thomas. Lancaster desvió la mirada—. ¿Podría ser que lady Claire te gusta de verdad? Por supuesto, ¡es eso!
—¡¿Cómo podría gustarme esa mujer?! —increpó ofendido—. Ella no puede gustarme, Thomas, y lo sabes perfectamente.
—Como usted diga, exc