Audrey dejó caer el ramo al suelo, y sus manos viajaron de forma instintiva hasta el rostro de Connor. Había deseado tocar ese rostro desde hacía tanto tiempo, que en cuanto lo hizo le pareció mentira.
La piel suave de sus mejillas acaloradas le quemó en la punta de los dedos, con los que recorrió con cuidado el borde de la boca entreabierta y anhelante. Ella pudo ver su manzana de Adán moverse al tragar saliva. La deseaba. La deseaba como ella o deseaba a él, no cabía duda.
Continuó el recorrid