Punto de vista de Nadia
La invitación llegó sin cortesía. Solo una hora, un lugar y una línea que hizo que mis labios se curvaran en algo que no era una sonrisa.
Asistencia confirmada.
Miré la pantalla, el pulgar suspendido como si las palabras pudieran cambiar si esperaba lo suficiente. No lo hicieron. Quienquiera que la envió ya había decidido que iría. Quienquiera que la envió quería ver si obedecería las reglas silenciosas que habían escrito para mí.
Ese fue el momento en que decidí no contárselo a Adrian.
No porque quisiera secretos entre nosotros. Sino porque cada vez que daba un paso adelante últimamente, alguien intentaba mover el suelo bajo mis pies. Y necesitaba una decisión que fuera solo mía.
El lugar estaba al borde de la ciudad, un salón patrimonial restaurado que a la gente le gustaba usar cuando no quería atención. Sin carteles. Sin cámaras. Solo piedra lisa, cristal tintado y un valet que no preguntó mi nombre porque ya lo sabía.
Cuando salí del coche, la sensación me