Punto de vista de Nadia
La ciudad se alzaba ante nosotros como una promesa rota: luces amarillas y blancas parpadeando en la distancia, el rumor lejano de tráfico nocturno, el olor a asfalto húmedo y comida callejera que el viento traía en ráfagas irregulares. Habíamos salido del bosque hacía menos de una hora, pero parecía que llevábamos días corriendo. Mis piernas ya no ardían; se habían vuelto pesadas, como si el suelo mismo intentara retenerme. Cada paso era una negociación silenciosa entre