La noche se cerró sobre el puerto como una trampa. Valentina y Nicolás regresaron al faro con el corazón encogido y la mente en marcha. Isabel estaba en manos de Federico, y no sabían qué clase de hombre era realmente. Las grabaciones que ella había conseguido eran su única baza, pero no valdrían de nada si Federico las destruía antes de que pudieran usarlas.
—Tenemos que hacer algo —dijo Valentina, caminando de un lado a otro de la cocina—. No podemos dejarla allí.
—Lo sé —respondió Nicolás, c