Azucena permanecía a las afueras del edificio con Gabriel a su lado, aferrada al abrigo como si eso pudiera contener el temblor que la recorría. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar; las lágrimas no eran ya solo miedo sino la acumulación de todo lo vivido: la amenaza, la ira contenida, la impotencia de verse tan pequeña frente a una locura que acechaba de cerca.
—Estarán bien, amor —murmuró Gabriel, intentando consolarla. Le rodeó con el brazo y la atrajo contra su pecho con ternura. Él tamb