Era un ángel que caminaba entre ellos, unos simples mortales, que tenían la dicha de poderla ver. Pero uno era él más afortunado de todos y del que sentía una profunda envidia, porque gozaba con la suerte que ella había puesto los ojos en él, que le permitía tomar sus labios, entrelazar sus manos y quien podía adorarla cada vez que la poseía.
Como siempre deseaba algo que no obtendría, pues simplemente ella nunca le dirigió ni una mirada, para ella no existía, solo el hombre que iba a su lado.