En cuanto dejó salir las palabras, abrazó a Arantxa protegiéndola de los vidrios de las ventanas que fueron rotas por los proyectiles que las atravesaron.
—Es hora de correr— le ordenó cuando reinaba la confusión en el lugar, la deja ir por delante, cuidando que Valentina, ni nadie más viniera detrás de ellos.
Doblaron la esquina, no muy lejos de ellos estaba la puerta que les daría la libertad, al fin Arantxa volvería con él y estaría con su hijo que merecía disfrutar, de pronto de la nada del