Felipe
Estaba revisando los papeles que Joaquín me había marcado cuando vi, desde el rabillo del ojo, una figura que se acercaba por el pasillo. Reconocí al instante el porte elegante y decidido: doña Angélica.
—No, no, no, —murmuré para mí mismo, dejando caer los documentos sobre el escritorio.
Doña Angélica no era precisamente alguien con quien quería lidiar en ese momento.
Era encantadora, sí, pero también aterradora cuando quería, y esa combinación no era algo que yo pudiera manejar sin u