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Un Bebé con la mujer EQUIVOCADA
Un Bebé con la mujer EQUIVOCADA
Por: Francis Wil
Capítulo 1 —La última oportunidad

Capítulo 1 —La última oportunidad

Valentina sostuvo el volante con ambas manos, aunque el coche llevaba varios minutos apagado.

La clínica se alzaba frente a ella, limpia, moderna, demasiado blanca. Había imaginado ese momento durante un año entero. Lo había temido, pospuesto, deseado y, en las noches más difíciles, también había odiado que todavía existiera una posibilidad capaz de obligarla a seguir adelante.

Sobre el asiento del acompañante descansaba una carpeta azul con todos los estudios, autorizaciones y consentimientos. Encima, una fotografía de Daniel sonriendo con los ojos entrecerrados por el sol.

Valentina la tomó.

—Llegamos —murmuró.

La palabra le salió débil. Como si todavía fueran dos.

En la fotografía, Daniel tenía una mano apoyada sobre la baranda de la terraza de la pastelería y la otra levantada hacia la cámara. Ella recordaba perfectamente aquel día. Habían cerrado temprano, se habían comido dos porciones de tarta de limón que no debían vender porque una había quedado torcida, y él había dicho que sus hijos crecerían creyendo que todos los errores sabían a azúcar.

Valentina apretó la fotografía contra la carpeta.

—No sé si estoy lista.

El silencio del coche no respondió.

Daniel tampoco.

Guardó la imagen, tomó aire y salió antes de perder el valor.

Dentro de la clínica olía a desinfectante y café recién hecho. La recepcionista levantó la mirada al verla acercarse.

—Buenos días. ¿Valentina Ríos?

—Sí.

—El doctor Luján la está esperando. Puede sentarse un momento. Ya avisaron al laboratorio que llegó.

Valentina asintió y se acomodó en una de las butacas. Había otras dos mujeres en la sala, ambas acompañadas. Una sostenía la mano de un hombre que no dejaba de mover el pie. La otra hablaba en voz baja con su madre. Miró el asiento vacío junto a ella.

Daniel habría hecho algún comentario absurdo sobre las revistas viejas. Habría intentado distraerla. Seguramente habría preguntado tres veces si el procedimiento dolía, aunque ya conociera la respuesta.

Un año atrás, ella no había sido capaz de entrar sola a ningún sitio que tuviera olor a hospital. Ahora estaba allí porque él había dejado una última oportunidad esperando por ella dentro de un tanque congelado.

Una puerta se abrió al final del corredor.

Valentina levantó la vista.

Una mujer alta, de cabello oscuro perfectamente recogido, salió del despacho del director. Vestía un traje claro, zapatos de tacón y llevaba unas gafas de sol en la mano. No parecía una paciente. Tampoco tenía la expresión insegura o cansada de quienes aguardaban en la sala.

Caminó con rapidez, pero antes de llegar a la recepción miró por encima del hombro.

Sus ojos se encontraron con los de Valentina durante un instante.

La mujer apartó la vista primero.

—Señora Ríos —llamó una enfermera—. Puede pasar.

Valentina volvió a mirar hacia la entrada. La desconocida ya había desaparecido.

Se levantó con la carpeta pegada al pecho y siguió a la enfermera por el pasillo.

—¿Viene sola? —preguntó la mujer mientras avanzaban.

—Sí.

—¿Quiere que avisemos a alguien cuando terminemos?

Valentina tardó un segundo en responder.

—No. No hace falta.

La enfermera no insistió. Valentina agradeció que no le ofreciera esa mirada blanda que había aprendido a reconocer desde el funeral. La misma que convertía cualquier conversación en un pésame y cualquier silencio en una pregunta sobre cómo conseguía levantarse cada mañana.

No conseguía hacerlo siempre.

Había días en que abría la pastelería solo porque Daniel habría detestado verla cerrada. Otros, amasaba hasta que le dolían los brazos para no pensar. Aquella mañana ni siquiera había podido probar el café. Tenía el estómago cerrado y una esperanza diminuta golpeándole el pecho con más fuerza de la que quería admitir.

La enfermera abrió la puerta del despacho.

Esteban Luján se puso de pie detrás del escritorio. Era un hombre de apariencia impecable, sonrisa tranquila y voz medida. Había acompañado a Valentina durante los meses de estudios previos y siempre sabía qué decir sin parecer compasivo.

—Buenos días, Valentina.

—Buenos días.

—Siéntese, por favor. ¿Cómo se siente?

Ella dejó la carpeta sobre sus piernas.

—No lo sé.

Esteban no intentó llenar el silencio.

—Eso es normal.

—Todo el mundo dice eso cuando no sabe qué otra cosa decir.

Él sonrió apenas.

—Tiene razón. Reformulo la pregunta. ¿Quiere hacerlo hoy?

Valentina bajó la mirada hacia la carpeta.

—Vine para eso.

—No le pregunté por qué vino.

Ella alzó los ojos.

—¿Está intentando que me arrepienta?

—Estoy intentando asegurarme de que nadie la empuje hacia una decisión tan importante.

—Daniel está muerto. Nadie puede empujarme.

La frase cayó entre ambos con una dureza que Valentina no había querido darle.

Esteban apoyó las manos sobre el escritorio.

—Precisamente por eso necesito escucharla a usted.

Valentina tragó saliva.

—Quiero hacerlo.

—¿Está segura?

—No. Pero quiero hacerlo igual.

Por primera vez desde que había entrado, la sonrisa profesional de Esteban desapareció.

—Eso me parece una respuesta honesta.

Valentina soltó el aire lentamente.

—Es la última muestra.

—Lo sé.

—Si no funciona, no habrá otra oportunidad.

—También lo sé.

—Y si funciona...

No pudo terminar.

Esteban esperó.

Valentina apretó los dedos sobre la carpeta.

—Si funciona, Daniel va a tener un hijo que nunca va a conocer.

—Y usted tendrá un hijo al que sí podrá conocer.

Ella lo miró con un destello de molestia.

—No es lo mismo.

—No. No lo es.

La respuesta sencilla la desarmó más que cualquier frase amable.

Esteban abrió el expediente que tenía frente a él.

—El laboratorio confirmó la identificación de la muestra. Se verificaron los datos y el código varias veces. Fue descongelada esta mañana y la calidad es adecuada para el procedimiento.

Valentina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Está seguro de que es la de Daniel?

—Sí.

—¿Revisó su nombre?

—Su nombre, el número de registro y la fecha de conservación.

—Quiero verlo.

Esteban no mostró sorpresa.

—Por supuesto.

Giró una hoja hacia ella. Allí estaban escritos el nombre completo de Daniel, un código alfanumérico y la firma de la responsable del laboratorio.

Valentina pasó el dedo por las letras.

Daniel.

Ver su nombre impreso en un documento médico le provocó el mismo vacío que el certificado de defunción. Durante meses, Daniel había existido solamente en fotografías, recuerdos y papeles.

—¿La muestra está bien? —preguntó.

—Está preparada.

—¿Y mis estudios?

—Todos dentro de los valores esperados. El momento es adecuado.

—Entonces puede funcionar.

—Puede.

Valentina soltó una risa corta, sin humor.

—Nunca promete nada.

—Sería irresponsable hacerlo.

—Daniel lo odiaba.

—¿Qué cosa?

—Que nadie le prometiera nada.

Esteban cerró el expediente.

—¿Y usted?

Valentina miró de nuevo el nombre de su esposo.

—Yo ya aprendí lo que valen las promesas.

La enfermera apareció en la puerta para avisar que la sala estaba lista.

Esteban se levantó.

—Todavía puede irse.

Valentina recogió la carpeta.

—Si me voy hoy, no volveré.

—¿Eso sería malo?

Ella pensó en la casa silenciosa, en la habitación que Daniel había querido convertir algún día en dormitorio infantil, en la pastelería que ambos habían levantado y que ahora parecía demasiado grande cuando cerraba sola.

—No lo sé —admitió—. Pero no vine hasta aquí para seguir preguntándomelo.

La sala del procedimiento era pequeña y luminosa. La enfermera le explicó lo necesario con una naturalidad que Valentina agradeció. Se cambió, guardó su ropa en un armario y se recostó en la camilla.

Cuando Esteban entró, ella estaba mirando el techo.

—¿Todo bien?

—No.

—¿Quiere detenerse?

—No.

Él acercó una banqueta.

—El procedimiento es rápido. Puede sentir una molestia leve, pero no debería doler. Después permanecerá recostada unos minutos.

Valentina asintió.

—Doctor.

—Dígame.

—No quiero que me hable como si Daniel estuviera en esta habitación.

Esteban la observó, desconcertado.

—No pensaba hacerlo.

—Todos lo hacen. Dicen que estaría orgulloso, que me acompaña, que de algún modo sigue aquí. Pero no está. Y hoy necesito saberlo.

Esteban tardó un momento en responder.

—Daniel no está aquí.

Valentina cerró los ojos, dolió, pero también la sostuvo.

—Gracias.

El procedimiento comenzó.

Valentina se concentró en respirar. No pensó en cunas, nombres ni pequeños dedos. No imaginó el rostro de un niño mezclando sus rasgos con los de Daniel. Se aferró al frío de la camilla, a la voz serena del médico y al sonido leve de los instrumentos.

Todo ocurrió en pocos minutos.

Demasiado rápido para algo que podía cambiarle la vida.

Cuando Esteban se apartó, Valentina abrió los ojos.

—¿Ya está?

Él se quitó los guantes y comprobó una última vez la pantalla.

—Sí.

Ella buscó alguna señal en su rostro, algo que le permitiera saber si debía sentir esperanza o miedo.

—¿Salió bien?

Esteban la miró directamente.

—La inseminación fue realizada con éxito.

Valentina apoyó una mano temblorosa sobre su vientre todavía vacío de certezas.

Por primera vez desde la muerte de Daniel, tuvo miedo de volver a tener algo que perder.

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