Capítulo 2 —Dos líneas

Capítulo 2 —Dos líneas

Valentina abrió los ojos antes de que sonara el despertador.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su habitación, sin recordar por qué había dormido tan poco. Después sintió la presión leve en el vientre y todo regresó de golpe: la clínica, la inseminación, la última muestra de Daniel y los catorce días que debía esperar antes de hacerse la prueba.

Catorce días que parecían haberse estirado durante meses.

Giró la cabeza hacia la mesa de noche. Eran las cinco y cuarenta y ocho de la mañana.

Había dejado la prueba dentro del cajón desde la tarde anterior. La había comprado en una farmacia situada lejos de la pastelería, como si alguien pudiera reconocerla y adivinar lo que estaba intentando hacer. Era absurdo, pero no quería preguntas. Todavía no.

Se sentó en la cama y apoyó los pies en el suelo.

—Solo es una prueba —se dijo.

Su voz sonó demasiado alta en la habitación silenciosa.

Había repetido esa frase varias veces durante la noche. Solo era una prueba. Dos líneas no significaban que todo saldría bien. Una sola tampoco significaba que nunca pudiera volver a levantarse.

Sin embargo, sabía que no habría otra oportunidad.

La última muestra de Daniel había sido utilizada.

No quedaba nada esperando por ella en la clínica.

Abrió el cajón y sacó la caja.

La leyó otra vez, aunque conocía las instrucciones de memoria. Después entró al baño, realizó la prueba y la dejó sobre el borde del lavabo sin atreverse a mirarla.

Tres minutos.

Activó el temporizador del teléfono y salió.

Intentó tender la cama, pero abandonó después de estirar una sola esquina de la sábana. Fue hasta la cocina, llenó la cafetera y olvidó encenderla. Regresó al pasillo, se detuvo frente al baño y volvió a alejarse.

El teléfono sonó.

Valentina cerró los ojos.

No quería saberlo.

Quería quedarse suspendida unos minutos más en aquel lugar donde todavía existían las dos posibilidades. Podía estar embarazada. Podía no estarlo. Mientras no mirara, ninguna de las dos era completamente cierta.

Se obligó a entrar.

La prueba seguía sobre el lavabo.

Primero vio una línea. El corazón se le hundió antes de que pudiera acercarse. Luego distinguió la segunda, más clara de lo que había esperado.

Valentina dejó de respirar.

Tomó la prueba con ambas manos y la acercó a la ventana.

Dos líneas.

La giró, la examinó desde otro ángulo y buscó el envase para comparar el resultado. No era una sombra. No era una marca confusa provocada por sus ganas de verla.

Estaba embarazada.

—Daniel...

El nombre se quebró en sus labios.

Se sentó en el suelo del baño porque las piernas dejaron de sostenerla. La prueba quedó apretada entre sus dedos mientras el llanto le subía desde el pecho sin darle tiempo a contenerlo.

Se cubrió la boca con una mano.

Había imaginado aquel momento cuando Daniel todavía estaba vivo. Él esperándola detrás de la puerta, fingiendo tranquilidad, aunque seguramente habría preguntado cuánto faltaba cada veinte segundos. Había imaginado correr hacia él, mostrarle la prueba y reír mientras él la levantaba en brazos.

Nada se parecía a aquello. El baño estaba frío. La casa estaba en silencio. Daniel llevaba un año muerto.

Y, aun así, una parte de él continuaba allí.

Valentina apoyó la mano libre sobre su vientre. Todavía no sentía nada. Ni movimientos, ni cambios, ni esa certeza física que esperaba que acompañara una noticia tan enorme.

—Estás aquí —susurró.

El llanto volvió con más fuerza.

No sabía cuánto tiempo permaneció sentada en el suelo. Cuando consiguió levantarse, tenía los ojos hinchados y la cafetera seguía sin encender.

Llamó a la pastelería.

Martina, la empleada que abría con ella por las mañanas, respondió al segundo tono.

—¿Valentina? ¿Pasa algo?

—No voy a llegar temprano.

—¿Te sientes mal?

Valentina miró la prueba apoyada sobre la mesa.

—No. Estoy bien.

—No parece.

—Es que...

Tuvo que detenerse. Decirlo en voz alta lo volvería todavía más real.

—Estoy embarazada.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—¿En serio?

Valentina se echó a reír entre lágrimas.

—Sí.

Martina soltó un grito tan fuerte que tuvo que apartar el teléfono.

—¡Lo sabía!

—No sabías nada.

—No, pero quería saberlo. Es casi lo mismo.

—No es lo mismo.

—Hoy sí. ¿Estás segura?

—Hay dos líneas.

—¿Dos de verdad?

—Dos de verdad.

Martina volvió a gritar, esta vez un poco más bajo.

—No vengas. Yo me ocupo de abrir.

—Tengo que ir.

—Valentina, acabas de enterarte. Date unas horas.

Ella miró alrededor de la cocina. La taza de Daniel seguía en el estante superior, donde nunca había sido capaz de guardarla.

—Sí —aceptó—. Iré más tarde.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No. Necesito estar sola un rato.

Martina no discutió.

—Llámame cuando quieras.

Valentina terminó la llamada y permaneció sentada frente a la mesa.

Después llevó la prueba hasta la habitación pequeña al final del pasillo.

Daniel y ella habían hablado muchas veces de convertirla en el dormitorio del bebé. Nunca habían comprado muebles. Tampoco habían pintado las paredes. Solo habían dejado allí varias cajas, una lámpara rota y una vieja butaca que Daniel prometió reparar.

Valentina abrió la puerta.

La habitación olía a polvo y encierro.

Corrió las cortinas, abrió la ventana y comenzó a mover las cajas. No tenía un plan. Solo necesitaba hacer algo con las manos.

Sacó ropa vieja, libros y algunos objetos de la pastelería. Encontró un pequeño marco de madera que Daniel había construido durante una tarde de lluvia. Estaba torcido, y él se había negado a corregirlo porque aseguraba que su hijo debía aprender desde pequeño que la perfección era aburrida.

Limpió el vidrio con la manga.

—Era una excusa porque te quedó mal —murmuró.

Colocó el marco sobre la repisa.

Después apartó la butaca hacia la ventana y dobló una manta clara sobre el respaldo. No era una habitación infantil. Ni siquiera era un verdadero comienzo. Pero por primera vez dejó de parecer un depósito.

Se quedó en la puerta, imaginando una cuna contra la pared.

Intentó imaginar el rostro del bebé.

¿Tendría los ojos oscuros de Daniel? ¿Su sonrisa ladeada? ¿El pequeño hoyuelo que aparecía en su mejilla izquierda cuando se reía?

Tal vez heredaría el cabello de ella. Daniel siempre decía que esperaba que no heredara su impaciencia.

—También eras impaciente —le recordó al vacío.

Se acercó a la butaca y volvió a apoyar la mano en su vientre.

—No sé cómo voy a hacerlo —confesó—. Pero voy a hacerlo.

Por primera vez, la idea de criar sola a un hijo no le pareció únicamente aterradora. Seguía sintiendo miedo, pero debajo había algo nuevo. Una especie de fuerza que todavía no sabía utilizar.

Se cambió de ropa, guardó la prueba dentro de una bolsa transparente y salió de casa.

El cementerio estaba casi vacío.

Compró flores blancas en el puesto de la entrada y caminó hasta la tumba de Daniel. Conocía el recorrido de memoria. Había ido todos los domingos durante los primeros meses. Después comenzó a espaciar las visitas, no porque doliera menos, sino porque hablarle a una lápida había empezado a hacerle más daño que bien.

Se arrodilló y retiró algunas hojas secas.

—Hola.

La palabra le pareció ridícula. Como si Daniel pudiera haber estado esperando su llegada.

Dejó las flores y sacó la prueba de su bolso.

—Funcionó.

La sostuvo frente a la fotografía grabada en la piedra.

—Voy a tener nuestro hijo.

El viento movió las ramas de los árboles. Valentina tragó saliva.

—O hija. No sé. Tú decías que sería una niña porque te castigaría por todas las tonterías que hiciste.

Sonrió, pero la sonrisa duró poco.

—Tengo miedo, Daniel.

Se sentó sobre el césped.

—No sé si podré hacerlo sin ti. No sé qué voy a decir cuando pregunte por su padre. No sé cómo explicar que lo quisiste antes de que existiera.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

—Pero voy a contarle todo. La pastelería, las tartas torcidas, tus chistes malos. Incluso voy a decirle que roncabas, aunque juraras que no.

Pasó los dedos por el borde de la lápida.

—Va a conocerte.

Permaneció allí un largo rato, hablando de cosas pequeñas. De la habitación, de Martina, del miedo que le producía permitir que la felicidad entrara otra vez en su vida.

Cuando regresó a casa, Valentina entró en la habitación que todavía olía a polvo y pintura vieja.

Dejó la prueba positiva dentro del pequeño marco torcido que Daniel había fabricado y lo colocó sobre la repisa.

Todavía no había cuna, juguetes ni ropa diminuta. Solo una butaca junto a la ventana, una manta clara y dos líneas capaces de cambiarlo todo.

Apoyó una mano sobre su vientre.

—Vamos a estar bien —susurró.

No sabía si se lo prometía al bebé, a Daniel o a sí misma.

Cerró los ojos y, por primera vez desde que había quedado viuda, permitió que la felicidad entrara sin preguntarse cuánto tardaría en perderla.

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