Isabella, atónita y con la mejilla ardiendo, no entendía de qué hablaba su suegra.
—¿De qué está hablando? No tiene derecho a golpearme —respondió ella, tratando de mantener la compostura. Aunque las lágrimas ya se asomaban por sus hermosos ojos verdes esmeraldas.
Doña Dayan levantó la mano nuevamente, dispuesta a abofetearla otra vez, pero Lilian se interpuso rápidamente.
—¡Mamá, por favor, cálmate! —suplicó, sujetando el brazo de su madre.
Doña Dayan, cegada por la ira, empujó a Lilian