Lo supe la noche de la boda.
No porque me lo dijera directamente sino porque lo vi en la manera en que Álvaro miraba la mansión cuando entramos después de que el jardín quedara en silencio. Era la mirada de alguien que está grabando algo. No con urgencia ni con tristeza, sino con esa atención particular de las personas que saben que están viendo algo por última vez en un tiempo y que quieren llevárselo bien puesto en la memoria.
No dije nada esa noche.
Pero a la mañana siguiente, cuando bajé a