—Señor Renaldi, el joven Lancaster está aquí, quiere platicar con usted —habló la secretaria, interrumpiendo en la oficina del jefe.
Marcel puso mala cara al escuchar las palabras de su secretaria. Nicolás era un completo imbécil, se creía el dueño de la ciudad, además de ser su mayor enemigo.
—No me interesa hablar con ese imbécil. Dile que estoy en una reunión importante, no tengo tiempo que perder.
La secretaria se giró, observó al joven de pie en la puerta, bajó la cabeza y se retiró rápi