La habitación era un borrón blanco y gris, un velo de niebla que se adhería a sus párpados como pegamento. Brienna parpadeó una vez, dos veces, pero el mundo no se enfocaba.
Un pitido constante perforaba el silencio, rítmico y molesto, como un reloj roto que no dejaba de sonar. Intentó mover la cabeza, pero un dolor agudo le atravesó el cráneo, como si alguien hubiera clavado un clavo al rojo vivo en su sien. Jadeó, o al menos lo intentó; el aire salió en un silbido débil, raspando contra algo