El aire dentro de la cueva de Tiberius era denso, cargado de un silencio expectante. Una pequeña fogata crepitaba en el centro, arrojando sombras en las paredes de piedra. El aroma de hierbas quemándose se mezclaba con el humo, mientras Tiberius y Ryan se sentaban uno frente al otro, sus rostros iluminados por la luz parpadeante del fuego.
Sobre el suelo, entre ellos, estaba abierto el grimorio que habían conseguido después de arduas semanas de búsqueda. El libro tenía una presencia casi viva;