Alice levantó el rostro lentamente. Las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas, pero su mirada había cambiado. No sólo reflejaba dolor sino que estaba dispuesta a todo por no perder a Thomas, incluso a humillarse frente a él.
—Si no quieres dejarla… —susurró, acercándose un poco más— no lo hagas.
Thomas frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Ella respiró hondo, como si cada palabra acabara con su dignidad y su orgullo. O eso pensó él cuando la escuchó decir:
—Puedo ser tu amante.