El domingo por la mañana, Thomas no se levantó de la cama. Sentía la cabeza a punto de estallar, la boca seca, amarga, y el cuerpo entumecido. Apenas abrió los ojos una vez, lo suficiente para girarse y mirar hacia la ventana. La luz del sol entraba con fuerza, colándose entre las cortinas. Frunció el ceño, molesto, y volvió a cerrarlos.
Alicia ya se había levantado.
Se giró nuevamente y trató de dormir, pero el ruido lejano de las risas, las voces, y la música suave, terminaron de despertarl