Apenas Annie cruzó la puerta de la mansión, sintió el aire frío de la noche erizarle la piel. Dio apenas dos pasos más antes de romper en llanto. Las lágrimas comenzaron a caer sobre sus mejillas.
Jimmy la tomó de ambos brazos y mirándola a los ojos, le dijo:
—Tranquila, Annie… Ya estás fuera de ese lugar. Ya pasó, yo estoy aquí.
La rodeó con sus brazos y ella se aferró a él con desesperación, escondiendo el rostro contra su pecho. Las lágrimas corrían sin control mientras las risas, las mi