La noche pronto se instaló con una calma pesada. La terraza estaba prácticamente desierta, solo iluminada por el suave resplandor de las lámparas colgantes que bailaban con la brisa. El sonido lejano del mar parecía amplificar el silencio entre ellos.
Clarisa y Eleonora ocupaban el pequeño sofá de mimbre, tensas y calladas. Adrián no podía quedarse quieto. Caminaba de un lado a otro con pasos lentos pero cargados, pasándose las manos por el rostro una y otra vez, como si quisiera arrancarse