Simon se detuvo a unos metros de ella; su semblante era tan severo y adusto que Sara sintió un poco de miedo.
—Soy yo quien debería disculparse —la sorprendió—. Hacía mucho frío y debería haberte traído a casa antes. Podrías haberte resfriado o algo así. ¿Cómo te sientes? Creo que deberíamos ir al médico por si acaso. Iba a llamarla si no despertabas pronto.
Sara no pudo evitar reírse, y eso disipó por completo la tensión que sentía. —¡Simon! No seas ridículo; estoy bien. Estar fuera unas horas