—¡Simon, por favor…! —gimió Sara, protestando sin aliento, mientras sentía cómo le dolían los pezones bajo la blusa. ¿Solo con escuchar a Simon describir cómo le hacía el amor? ¡Dios mío…!
Sus ojos estaban oscuros ahora, ardiendo con el mismo deseo que recorría a Sara. —Pero aún no he terminado de decirte lo hermosa que eres —dijo, sacudiendo la cabeza con desdén—. Primero déjame decirte que no necesitas perder ni un gramo. Eres perfecta tal como eres —añadió con firmeza, con la voz cortante y