—Bien. —La punta de su lengua quedó atrapada entre sus dientes mientras fruncía el ceño, concentrada.
Simon sintió un escalofrío al pensar en todos los usos sensuales que podría darle a la humedad de esa lengua. —¿O tal vez podría tumbarme desnudo en la cama y esperar a que te unas? —preguntó con voz ronca.
—Bien. —Su mirada estaba perdida en la distancia mientras seguía dibujando en su cuaderno.
—¿O tal vez columpiarnos desnudos de la lámpara de araña? —añadió con diversión.
—¿Qué dijiste? —El