Las semanas siguientes fueron un infierno de horror e incertidumbre. Rodrigo había convertido la vida de Ernesto y Gabriela en un retorcido juego psicológico, donde cada momento era una nueva tortura emocional.
Sus padres, por su parte, sentían ahogarse en medio de la marea, mientras que el pequeño Miguel, no paraba de llorar por los rincones.
—¡Nino! ¿Cuándo vendrá mi papaíto? —preguntó Miguel con los ojos empañados, su voz temblorosa como una hoja al viento.
—Pronto, mi niño. Sabes que él te