La noche cayó como un manto oscuro, y Gabriela se sentía consumida por la angustia. Los recuerdos de cómo Débora la había despreciado la noche antes de su boda con Ernesto la atormentaban, perforando su corazón como dagas afiladas.
—Mejor dejemos esto para otro día —suplicó Gabriela desviando la mirada.
—¡Mírame! —Ernesto alzó su barbilla—. No tenemos que escondernos. No estamos haciendo nada indebido. Somos dos almas que el destino separó cruelmente, obligándonos a enfrentar momentos amargos. P