El reloj marcaba las seis de la mañana. Gabriela se duchaba mientras Ernesto ordenaba un desayuno ligero. A pesar de su aparente tranquilidad, sus pensamientos lo consumían. La existencia de Sandra era una sombra que no podía ignorar tan fácilmente.
—¡Maldita sea! — exclamó en voz baja—. ¿Por qué tuve que casarme con ella? Si hubiera sido más inteligente, todo esto podría haber sido evitado. Pero no.… ahora estoy atrapado. Tengo que encontrar la forma de decirle la verdad a Gabriela, pero este