—Con su permiso... me retiro —dijo Lia, haciendo una leve inclinación antes de girar sobre sus talones y salir del despacho, cerrando la puerta detrás de sí.
Don Simón dio un sorbo a su café, saboreando el líquido caliente con evidente satisfacción. Dejó la taza sobre la bandeja y suspiró profundamente, mirando a su nieto con una mezcla de afecto paternal y severidad ancestral.
—Sé perfectamente que no te gusta que me meta en tu vida privada, Adrián —declaró el viejo patriarca, su voz suavizánd