Capítulo 7: Una propuesta

Farah

El Maybach se desplazaba por la urbe como una navaja cortando la noche. En el interior, el lujo era una jaula sofocante. La calefacción soplaba un aire cálido que hacía reaccionar a mis manos temblorosas, pero el hielo que llevaba incrustado en el centro del pecho se negaba a derretirse.

Me acurruqué contra el cuero del asiento del copiloto, sintiendo cómo las luces de la ciudad se derramaban sobre mi rostro como acuarelas borrosas. Me sentía expuesta, vulnerada, pero mi rabia interna comenzaba a sofocar el llanto.

Alaric no decía una palabra. Su presencia era un muro tectónico. Conducía con una sola mano, emitiendo una compostura que me resultaba casi chocante dada la tormenta que yo llevaba dentro.

Sin mirarme, sacó un pañuelo de seda negra del bolsillo de su saco y me lo tendió.

—Límpiate —dijo. Su tono era una orden disfrazada de ancla—. No permitas que el rastro de la victoria de otros se quede pegado a tu piel.

Apreté el pañuelo entre mis dedos. La seda era fría y suave. Me limpié las mejillas con brusquedad, obligándome a tragarme los últimos sollozos y erguir la postura.

—Qué patético —murmuré, con la voz desgastada pero firme—. Otra vez me recoges del suelo. Siento que mi vida se convirtió en una comedia trágica y tú eres el único espectador en primera fila.

Alaric esbozó una ligera sombra de sonrisa. No había burla en ella; había un análisis implacable.

—Uno siempre debe pagar la factura de sus propias decisiones, Farah —dijo, usando ese tono clínico de sus cátedras—. Pero es una estupidez castigarse por las miserias ajenas. Lo que ese idiota eligió ser no es tu pasivo. Su cobardía es su propio balance en números rojos, no el tuyo.

Lo miré de perfil. La luz roja de un semáforo iluminó la severidad de su mandíbula.

—Profesor, su empatía es aterradoramente econométrica. Habla de mi traición como si auditara una empresa en quiebra.

—La autocompasión es el activo más tóxico y menos rentable del mercado —sentenció, acelerando cuando la luz cambió a verde—. Te consume el tiempo, y el tiempo no se recupera. Si vas a sangrar, que sea por una pérdida real, no por haber sacado la basura de tu vida.

Sus palabras me golpearon en el pecho como una sacudida eléctrica. Tenía razón. Llorar por Elian era una degradación. Él era una pérdida financiera y emocional ya liquidada. Yo era el único activo que importaba.

—Tiene razón —dije, clavando la mirada en el parabrisas mientras me acomodaba el cabello—. Se acabó el llanto. Es hora de cobrar las deudas.

Un silencio cargado de electricidad envolvió el coche. La atmósfera cambió, tornando densa la memoria de la noche anterior, el roce de su piel, su respiración agitada en mi cuello. Para no ahogarme en esa tensión sensual, me agarré con fuerza de mi único terreno seguro: el intelecto.

—Sobre la base de datos que mostró en clase... Necesito saber si habla en serio. Mi tesis de doctorado sobre flujo de capital regional está estancada. Las muestras públicas son una burla para lo que quiero demostrar.

Alaric me dedicó una mirada rápida de reojo.

—Tu hipótesis es brillante, Farah. Ves patrones donde el resto de la facultad solo ve números muertos. Mis datos de GRIMALDI GROUP transformarían tu tesis en una potencia académica. Te daré el acceso.

Cuando el Maybach frenó frente a mi modesto edificio de departamentos, intenté abrir la puerta, pero un clic metálico resonó: Alaric había activado el seguro centralizado.

Apagó el motor. La oscuridad de la cabina nos envolvió. Gire hacia él, sintiendo que el aire se volvía denso. Sus ojos grises me fijaron con una seriedad mortal.

—Hay algo que debes entender, Farah —comenzó, y su voz bajó a un registro peligroso—. Nos fotografiaron. La noche del bar. Alguien financiado por mis rivales corporativos nos siguió y tomó imágenes claras. Es cuestión de horas para que limpien la resolución y las lancen a la prensa.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

—¿Qué? —exclamé, sintiendo que la tierra se abría—. ¿Van a publicar eso? Mi reputación, mi doctorado, el negocio de exportaciones de mis padres... ¡nos van a destrozar!

—No si golpeamos primero —respondió él con una frialdad ejecutiva pasmosa—. Te propongo un trato formal. Un compromiso. Si nos presentamos ante la opinión pública y mi junta directiva como una pareja comprometida, la narrativa del escándalo se destruye. Pasa de ser un lío sórdido a un romance serio. Yo me encargo de blindar tu nombre, protejo a tu familia y, a cambio, obtienes el acceso exclusivo e ilimitado a mis servidores privados de GRIMALDI GROUP. Ganamos los dos.

Me quedé de piedra. Un compromiso falso con Alaric Grimaldi... Mi mente analítica empezó a calcular variables a una velocidad frenética. Era una locura, pero era un escudo de titanio. Salvaría mi carrera, me daría la llave del éxito académico y le daría una patada en la cara al orgullo de Elian y Ana. Era una oportunidad de oro.

Sin embargo, ya no era la ingenua que regalaba su confianza. Sabía que Alaric no daba puntada sin hilo; si me quería en su tablero, era porque yo también le servía de escudo.

Intenté hablar para imponer mis condiciones, pero Alaric levantó un dedo, cortándome el aire.

—No me des una respuesta acalorada —ordenó con voz grave—. Estás alterada. Sube, analiza los riesgos, calcula el beneficio y toma una decisión fría.

El seguro se liberó con un chasquido.

—Sube a tu apartamento, Farah. Y asegúrate de cerrar bien la puerta.

Le sostuve la mirada unos segundos, intentando leer lo que se ocultaba tras esa máscara de hielo, pero no cedió ni un milímetro. Asentí, bajé del coche y caminé hacia mi portal con la cabeza en alto.

Pasaron cuarenta y ocho horas. Dos días de un infierno silencioso. Me encerré a trabajar en mi borrador, negándome a caerme a pedazos. A través de un abogado amigo de la facultad, envié una notificación judicial severa a Elian. La presión dio frutos: esta mañana mi teléfono sonó con una notificación bancaria. "Transferencia recibida: Devolución de capital". Sonreí con amargura. Había recuperado mi dinero; su traición no se la iba a regalar.

Pero la calma duró un suspiro.

A la mañana siguiente, Elina me llamó gritando por el teléfono.

—¡Farah, entra a las redes ya! ¡La foto del bar se filtró y está en HD!

El corazón se me cayó al suelo. Abrí los foros financieros y de chismes: la imagen era nítida. Salíamos Alaric y yo. Ya me habían identificado como "la estudiante de doctorado de la Universidad Autónoma". Mis perfiles estaban ardiendo con miles de comentarios de odio, insultos y acoso. La reputación de mis padres y mi carrera estaban a punto de ser ejecutadas en la plaza pública.

Caminé hacia la biblioteca de la facultad con el estómago hecho un nudo, sintiendo las miradas morbosas de los estudiantes clavándose en mi espalda. Y entonces, como si la pesadilla necesitara un toque más de podredumbre, Elian me cerró el paso en mitad del pasillo principal.

Tenía la cara desencajada, los ojos inyectados en sangre y una furia patética temblándole en los labios.

—¿Así que era verdad, maldita ramera? —gritó Elian a viva voz, cruzándose de brazos mientras la gente comenzaba a hacer un círculo a nuestro alrededor—. ¡Me estabas viendo la cara de idiota! ¡Me engañabas con Alaric Grimaldi mientras yo intentaba salvar lo nuestro!

Me detuve en seco. El aire a mi alrededor pareció congelarse.

—¿Qué dijiste? —pregunté. Mi voz descendió a un tono tan bajo y siniestro que dos estudiantes a su lado dieron un paso atrás.

—¡Lo que oíste! —vociferó Elian, dando un paso agresivo hacia mí, alzando el dedo índice frente a mi rostro—. ¡Eres una hipócrita! Te hacías la santa, la estudiosa, ¡y te estabas acostando con el hombre más rico del país a mis espaldas! ¡Por eso te pusiste tan altanera el otro día! ¡Me fuiste infiel, Farah!

El cinismo de sus palabras, la humillación pública, la mentira descarada de un tipo que me había pisoteado diez años de entrega... algo dentro de mí estalló. Una grieta de pura furia salvaje rompió toda mi contención matemática.

No pensé. No razoné.

Con toda la fuerza de mi brazo, descargué un manotazo abierto directo contra su mejilla.

¡ZAS!

El estruendo del impacto resonó en todo el pasillo de mármol como un disparo. La cabeza de Elian salió despedida hacia un lado por la violencia del golpe. El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral. Los estudiantes se quedaron petrificados.

Elian se llevó la mano a la cara, con la mejilla al rojo vivo, mirándome con los ojos desorbitados por el impacto y la conmoción.

Me acerqué a él hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, temblando de pura rabia contenida, con los ojos echando chispas.

—¡Vuelves a usar esa palabra conmigo y te juro por mi vida que te destruyo legalmente! —le siseé en la cara, con una voz que provocó un escalofrío generalizado—. ¿Infiel yo? ¡Tú metiste a Ana Beltrán en tu cama mientras yo pagaba tus deudas y comía pan duro para que terminaras la carrera! ¡Tú me dejaste por un mensaje de texto cobarde después de diez años!

Elian intentó dar un paso atrás, tragando saliva, completamente acobardado por la fiera que tenía enfrente.

—Farah... yo...

—¡Cállate la boca! —le grité, dándole un empujón en el pecho que lo hizo tambalearse—. No vuelvas a pronunciar mi nombre. No vuelvas a mirarme. Eres un parásito, un cobarde y un desecho humano. Lo que yo haga con mi vida, con mi cuerpo o con Alaric Grimaldi no es de tu puta incumbencia. ¡Quítate de mi vista antes de que haga que seguridad te saque a patadas como la basura que eres!

Elian, humillado, rojo de la vergüenza y sobándose la cara ardiente, dio media vuelta y salió huyendo entre los murmullos crueles de los estudiantes que lo señalaban.

Respiré hondo, acomodándome el abrigo con las manos todavía temblando por la descarga de adrenalina. Ajusté los libros bajo mi brazo, erguí la barbilla y di media vuelta.

Iba directo a las oficinas corporativas del Grupo Grimaldi. Había llegado el momento de firmar ese pacto con el diablo.

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