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Capítulo 5: Mi nuevo profesor

Alaric

Avancé hacia el estrado manteniendo la barbilla en alto y esa elegancia fría que el mercado financiero tanto me temía. Podía sentir cómo el ambiente en el anfiteatro se tensaba con mi sola presencia. Sabía perfectamente a quién iba a encontrar aquí, y no tardé en localizarla. 

Sus pupilas se dilataron por el impacto y supe que me había reconocido al instante, el mismo hombre que la había sostenido contra la puerta del ascensor y que había susurrado su nombre entre mis sábanas de seda era ahora, por giros del destino, el dueño de su futuro académico.

Farah bajó la cabeza de golpe. Fingía una concentración febril en un cuaderno en blanco, apretando los bordes del papel hasta que sus nudillos se pusieron completamente blancos. A su alrededor, el aire ya vibraba con los chismes de los estudiantes.

—¿Viste las noticias de esta mañana? —susurró una chica a su espalda—. Dicen que por fin lo atraparon. ¿Quién será la mujer de la foto?

—Seguro volvió Sweeney Fox —respondió otra—. Ella es la única que tiene el nivel para estar con alguien como Grimaldi. Una estudiante jamás llegaría a su cama.

Mantuve la mandíbula tensa. Si supieran lo que realmente pasó la noche anterior... Mientras acomodaba mis cosas, no pude evitar recordar la textura de su piel, la forma en que mis manos habían rodeado sus caderas y el gemido bajo que se me había escapado cuando pronunció mi nombre antes de huir de mi ático. 

El arrepentimiento y la desconexión me provocaban una frustración interna, pero no iba a dejar que nadie lo notara.

Dejé mi maletín sobre el estrado. El roce del cuero contra la madera resonó con autoridad en toda el aula. Recorrí el anfiteatro con una mirada lenta y gélida, desnudando las intenciones de cada alumno. Al llegar a la fila de Farah, detuve mi vista un milisegundo más de lo necesario. No le di un saludo especial, ni una sola sonrisa. Le mostré una indiferencia profesional absoluta; sabía que mi frialdad le resultaría más desconcertante que cualquier reclamo directo.

—Buenos días a todos —dije, dejando que mi voz llenara el espacio—. Soy Alaric Grimaldi, profesor invitado de "Estrategias de Inversión de Alto Nivel".

Comencé el pase de lista. Cada nombre era un trámite burocrático hasta llegar al que realmente me importaba. Al llegar a la letra "B", hice una pausa deliberada. Clavé mis ojos grises directamente en ella, desafiándola a desviar la mirada.

—Farah Bourne.

Ella levantó la barbilla de inmediato. Intentaba invocar la dignidad de su doctorado, pero pude notar la tensión en su postura, como un cable a punto de romperse.

—He leído el artículo que publicaste el año pasado sobre el flujo de capital y desarrollo regional —declaré, apoyando las manos en el podio de madera. Mantuve una postura relajada, aunque mis dedos se cerraron con fuerza invisible sobre el borde—. El punto de vista es innovador, pero la muestra de datos es pobre. No es lo suficientemente completa para una académica de su... reputación.

El aula contuvo el aliento ante mi crítica. Continué con precisión quirúrgica, ejecutando mi plan.

—Este semestre usará mi base de datos privada para procesarlos de nuevo. Quiero el primer borrador antes del próximo mes.

El murmullo estalló entre los alumnos. Le estaba entregando el acceso al Santo Grial de las finanzas corporativas, información reservada que nadie más poseía. Farah asintió mecánicamente, luciendo descolocada. Seguramente se preguntaba si esto era un regalo profesional o una cadena invisible para mantenerla bajo mi control directo.

Acepté el reto de sus ojos. A medida que avanzaba la clase y tenía que acercarme a su fila para explicar los gráficos del proyector, sentí que mi propio cuerpo se ponía rígido. Intentaba mantener la distancia con mis palabras, pero mis pasos me llevaban una y otra vez hacia ella.

Cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la sesión, el resto de los estudiantes se abalanzó hacia el estrado con preguntas. Vi de reojo cómo Farah aprovechaba la distracción. Recogió sus cosas a una velocidad frenética, desesperada por escapar antes de que yo pudiera confrontarla. La vi avanzar hacia la salida, buscando el aire fresco del pasillo como una vía de escape para pretender que las últimas doce horas no habían existido.

Estaba a solo un paso de la puerta cuando decidí que no se marcharía así. Mi voz cortó el aire con firmeza:

—Farah Bourne, deténgase. ¿A dónde cree que va?

La vi quedarse petrificada al escuchar su nombre, con la mano temblando sobre el picaporte de metal. No se giró. Su espalda rígida delataba el pánico y la oleada de recuerdos que debían estar cruzando su mente en ese segundo: la intimidad de la noche anterior, las sábanas de seda y la forma en que se había aferrado a mí. Parecía sentirse completamente expuesta ante la mirada del resto de la clase, que se había quedado en un silencio sepulcral observando la escena.

—Señorita Bourne, le he dado una instrucción —insistí, recortando la distancia física hacia ella, dejando que mi tono adquiriera una vibración más severa.

Quería obligarla a mirarme a la cara, a dejar de huir como lo había hecho al amanecer. Sin embargo, el peso de mi cercanía y la tensión acumulada en el aula parecieron sobrepasarla. Presa de un pánico ciego, ignoró mi orden directa por completo. Empujó la puerta con desesperación y salió corriendo al pasillo, dejándome allí, con las palabras contenidas y el control de la situación escapándoseme entre los dedos.

Mientras la puerta se cerraba de golpe tras ella, un silencio sepulcral volvió a inundar el aula, pero el verdadero caos rugía dentro de mi cabeza. Clavé los dedos en el borde del podio de madera con tanta fuerza que crujió. La ira me quemaba el pecho, pero no era una molestia profesional; era algo mucho más primitivo.

La quería a mi lado. La quería para mí, bajo mis propios términos, y esa certeza me golpeó con la violencia de un tren de carga. Supuestamente, me movía el deber, el peso de la promesa que le había hecho a mi abuela Vittoria de sentar cabeza y estabilizar el maldito imperio familiar con una mujer adecuada. Me repetía a mí mismo que Farah Bourne era simplemente la pieza perfecta para ese rompecabezas logístico.

Pero era una mentira piadosa que ya no podía sostenerme.

Pero, no podia ignorar ese deseo profundo, abrasador y completamente egoísta que Farah despertaba en mí con solo respirar cerca. Había algo en su resistencia, en la dignidad con la que sostenía la mirada y en la forma en que su cuerpo se había entregado al mío la noche anterior, que había encendido una chispa obsesiva en mi sistema. Quería adueñarme de su mente brillante, consumir su orgullo y encerrarla en mi mundo para que nadie más pudiera mirarla.

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