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Capítulo 3: ¡Aventura de una noche, al descubierto!

Farah

El mundo giraba descontrolado. El olor a whisky rancio y el perfume aplastante de Alaric chocaban en mi cabeza. Una risa amarga y torpe se me escapó de la boca.

—¿Eres tú otra vez? Qué maldita casualidad... —balbuceé, estampando la palma de mi mano contra su pecho para no caer—. ¿Por qué me persigues? Ah, claro... ustedes los hombres poderosos... ninguno vale nada. A todos les gusta ponerle precio a las personas.

Alaric me apretó los codos con una fuerza contenida que me quemó la piel. Su cara era de mármol, pero sus ojos grises me devoraban el desastre con una intensidad peligrosa.

—Estás completamente ebria, Farah —ordenó con una voz de mando que me hizo temblar—. Mi chófer te llevará a casa. Dame tu dirección.

—¡Que no! —le grité en la cara, zafándome con un manotazo torpe que le rozó la solapa—. ¡No tengo casa! ¡Mi casa la tiene una rata con una mujer de seda! ¡Mis diez años no valen nada! Solo quiero beber. Bebe conmigo, Grimaldi. Tú tienes cara de saber lo que es tenerlo todo y estar jodidamente solo.

Alaric se me quedó viendo. Le hizo un gesto seco a su asistente y, en cuestión de minutos, el bar quedó desierto. Apagaron las luces estridentes y solo quedó una penumbra dorada y tenue.

Nos sentamos. Hablé y bebí como una loca. Le escupí todo el veneno sobre Elian, los sacrificios tirados a la basura y cómo me engañaba en el departamento que yo pagué con mi sudor. Alaric bebía a sorbos lentos, clavando su mirada en mis labios con una fiera contención.

—Ese imbécil es un desperdicio de aire —soltó él, seco, con la voz raspando en la oscuridad.

—Eres endemoniadamente guapo... —le solté a quemarropa, interrumpiendo mi propio llanto—. Mucho más despiadado que en las fotos del muro de la universidad.

El alcohol y la rabia me hicieron un nudo mortal en la garganta. El mundo se borró de golpe. De repente sentí un vacío helado en el estómago, las piernas me colapsaron y el conocimiento se me escapó por completo. Me desvanecí hacia adelante.

No llegué a tocar la mesa. Los reflejos de Alaric fueron letales: me atrapó al vuelo contra su pecho. Su abrazo me apretó las costillas con una fuerza posesiva y salvaje. Escondí el rostro en la curva de su cuello de forma involuntaria, sintiendo cómo se le tensaba la mandíbula y cómo su respiración se volvía pesada contra mi pelo.

—Estás fuera de control, Farah —susurró cerca de mi oído, pero yo ya estaba sumergida en la negrura.

Me cargó en vilo como si no pesara nada, pegando mi cuerpo al suyo. El trayecto en su auto fue un destello de luces borrosas. Me acurruqué contra su hombro buscando calor, restregando mi mejilla en su cuello. Sentí cómo la nuez de Adán de Alaric se movía con un trago pesado de saliva, rompiendo por primera vez su máscara de hielo.

En el ascensor privado de su ático, el conocimiento regresó a mí en un fogonazo de fiebre y despecho. Abrí los ojos y me colgué salvajemente de su cuello, obligándolo a bajar la cara.

—Tienes unos ojos preciosos —susurré, rozando mi nariz húmeda con la suya.

La imagen de Elian besando a esa mujer rica me cruzó la mente como un latigazo. El dolor, la humillación de diez años y el deseo salvaje de sentirme deseada por un hombre de verdad me hicieron estallar. Me colgué más fuerte de su cuello y le estampé la boca.

Fue un beso salvaje, desesperado, afilado por el alcohol y la sal de mis lágrimas. Le mordí el labio inferior con una furia hambrienta.

Alaric soltó un gruñido grave desde el fondo del pecho. Su autocontrol se hizo pedazos. Me agarró de las muñecas, me las prensó contra la pared metálica del ascensor y clavó su cuerpo pesado contra el mío, aplastándome con una posesividad que me hizo jadear.

—Mírame —me ordenó con la voz rota por el deseo—. Mírame bien. ¿Sabes quién soy o solo estás usando mi boca para borrar a ese idiota?

Lo miré a los ojos grises, sintiendo la tormenta de fuego que lo devoraba.

—Alaric —dije, y mi voz sonó nítida, sin dudas—. Eres tú, Alaric.

Esa respuesta fue la sentencia. Alaric soltó una maldición ahogada y me atrapó por los muslos, levantándome del suelo con un tirón brutal. Solté un grito ahogado contra su boca mientras enredaba mis piernas alrededor de su cintura.

No caminó hacia la recámara; me empotró contra la pared del pasillo a oscuras. Sus besos bajaron devorando mi barbilla, devorando mi cuello, mordiendo la clavícula con un hambre animal que me sacó gemidos roncos. Sus manos grandes arrancaron mi ropa con una destreza rabiosa pero precisa, rasgando la tela sin paciencia.

Llegamos a la cama de seda negra bajo la luz fría de la luna. Me arrojó sobre el colchón y se despojó del traje en segundos. Se posicionó sobre mí, observando mi cuerpo desnudo con ojos de depredador.

—Eres perfecta —siseó, agitado, recorriendo con sus manos frías mis caderas, subiendo por mi cintura hasta apretar mis pechos con una firmeza que me hizo arquear la espalda y suplicar por más—. Eres mía esta noche, Farah.

Fue un incendio. Una entrega violenta, hambrienta y feroz. Con Elian todo había sido tibieza y aburrimiento; con Alaric era una colisión de trenes. Cada embestida suya contra mi cuerpo sepultaba el fantasma de mi pasado, marcando mi piel con una fuerza que me dejó sin aire. Me agarré de sus hombros desnudos, clavándole las uñas en la espalda mientras me ahogaba en sus besos abrasadores.

Nos consumimos hasta que el agotamiento nos redujo a cenizas en medio de las sábanas deshechas.

El sol me apuñaló los ojos a la mañana siguiente. Desperté con un dolor de cabeza horrendo. Al girarme, el terror me congeló la sangre: ¡Alaric dormía a mi lado! Su torso desnudo estaba marcado por mis arañazos y su rostro lucía peligrosamente sereno.

La memoria de la noche me golpeó como un mazo: la borrachera, mis confesiones patéticas, cómo le morder la boca, cómo me entregué como una salvaje en el pasillo...

—Dios mío... ¿qué demonios hice? —susurré, ahogándome en la vergüenza.

Presa del pánico, me deslicé fuera de la cama. Recogí mi ropa destrozada y mi interior esparcido por la alfombra. Vi un gemelo de oro en el suelo pero lo dejé caer como si quemara. Sin volver a mirar la cama y sin zapatos, escapé de la suite como una ladrona, sintiéndome la persona más miserable sobre la tierra.

Media hora después, Alaric abrió los ojos. Estiró el brazo buscando mi cuerpo, pero solo tocó la seda fría. Se incorporó de golpe, sintiendo un latigazo de abandono que jamás había experimentado. Había sido la noche más intensa de su vida, una conexión visceral... y ella lo había tratado como un objeto de una noche. Una humillación que le encendió la sangre en rabia.

Su teléfono sonó en la mesa. Era su asistente.

—Señor... tiene que abrir las noticias. ¡Ahora mismo!

Alaric desbloqueó la pantalla. En la portada de todos los medios financieros y de chismes aparecían fotografías en HD de ellos dos saliendo del bar: él sosteniéndome por la cintura con una mirada de posesión absoluta mientras yo estaba desplomada en su pecho.

"¿EL CEO DE GRIMALDI GROUP EN UNA CITA CLANDESTINA CON UNA MISTERIOSA ESTUDIANTE?"

Alaric apretó el teléfono hasta que la pantalla crujió, con las venas de los brazos marcadas por la furia. ¿Quién demonios se había atrevido a seguirlo y fotografiar su vida privada?

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