Dante Salvatore Valcárcel
Despertar duele. No de una forma poética. Duele como si alguien me hubiese metido fuego bajo la piel y luego hubiera decidido coserme vivo para que no me quejara. El hombro me arde, el pecho me pesa y cada respiración parece arrastrar vidrio por dentro.
Pero estoy vivo. Eso ya es una mala noticia para demasiada gente. Abro los ojos apenas y lo primero que veo es a Alessia. Está a mi lado, con el rostro pálido, los ojos húmedos y la mano aferrada a la mía como si hubier