VERONICA
Me desperté lentamente, sintiendo las sábanas suaves sobre mi piel. Al moverme, sentí un escozor en mis nalgas y un pequeño ardor en mi sexo. Me recordó lo que había pasado el día anterior. Los múltiples orgasmos que había obtenido, que habían sido un castigo, pero que también habían sido deliciosos. Sin embargo, al final, había sido una tortura. Tener uno tras otro me había dejado agotada, extenuada y adolorida.
Me puse de pie, intentando sacudirme el dolor y la fatiga. Me dirigí a la