Abrazada por las llamas ardientes del deseo, Calisto no pensaba más allá de los besos y las caricias de Abner.
Esa espina que días antes incomodaba su corazón, ya no estaba, no dolía.
Los miedos y la incertidumbre que paseaban por su mente, esparciendo una neblina espesa cargada de negativismo, también desaparecieron.
¿Por qué no disfrutarlo?, preguntaba una vocecilla.
¿Qué de malo tendría una oportunidad?, y no para Abner, sino para ella misma, para descubrir lo que es amar y ser amado. ¿Por q