La falta de aire los obligó a separarse, con los labios punzantes por la intensidad del beso, Calisto aprovechó que Abner había aflojado su agarre sobre ella, para separarse.
—Esto no puede volver a pasar —sentenció aun con la respiración agitada.
La mirada de Abner se endureció sobre ella.
—Es absurdo —contradijo él.
—Lo absurdo es que dejemos que esto avance. Ni tú, ni yo, estamos en condiciones de envolvernos en algo así.
—Yo puedo hacerlo —dijo Abner con firmeza.
— ¡Abner! —la desesperación