LISA GALINDO
Mis ojos se abrieron lentamente, tomándose su tiempo para poder enfocar. La cabeza comenzó a dolerme, primero como pequeñas punzadas, después como fuertes martillazos que me estaban provocando vomitar.
Ese lugar no era mi departamento, esa no era mi cama. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando me di cuenta de que no tenía ropa y lo único que me cubría eran las sábanas. Todo el cuerpo me dolía y de pronto abrí la boca: —¿Antonio? —pregunté sintiéndome patética. Aunque mis ojos