ARTURO VEGA
Ver a mi hija llorando me partió el alma, me acerqué a ella y su mirada traspasó mi corazón. —Por favor, papito, no te enojes conmigo —pidió entre los brazos de su abuela.
—¿Cómo podría enojarme contigo, mi princesita linda? —dije limpiando las lágrimas de sus mejillas—. ¿Sabes lo hermoso que fue saber que existías? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? No me importó hacer lo que fuera necesario para encontrarte. Cuando vi tus ojos supe que eras mi niña, mi hija, con la que soña