VAN DIJK FOTOGRAFÍA

“Hay lugares donde el tiempo no se detiene. Simplemente decide caminar más despacio.”

La mañana siguiente amaneció cubierta por una fina capa de niebla. Emma apenas había dormido cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la fotografía doblada, la inscripción sobre la caja de madera y aquella palabra escrita al reverso de la imagen. “Perdón”.

Después del desayuno, guardó cuidadosamente la cámara, el carrete sin revelar y la fotografía dentro de su mochila antes de salir, levantó la mirada hacia el techo.

Justo encima de ella estaba el ático. Por un instante sintió el impulso de volver a subir quería abrir otra vez la caja, quería desplegar completamente la fotografía, quería descubrir qué ocultaba aquel doblez.

Pero recordó lo frágil que era el papel. —Después… —susurró para sí misma.

Tomó su chaqueta y salió de la casa.

El aire era fresco.

Olía a lluvia y a flores.

Las calles comenzaban a llenarse de bicicletas, mientras algunos vecinos abrían las ventanas de sus casas para dejar entrar la luz de la mañana.

Emma caminó despacio.

No tenía prisa.

Quería conocer aquel pueblo que su abuelo había elegido para vivir, mientras avanzaba, descubrió pequeñas cafeterías con mesas junto al canal, panaderías de las que escapaba el aroma del pan recién horneado y jardines donde los tulipanes parecían pintar de colores cada rincón. Todo era hermoso. Y, sin embargo…

Había algo difícil de explicar las personas sonreían, conversaban, continuaban con su rutina. Pero el pueblo parecía guardar un silencio antiguo, Como si todos compartieran un recuerdo del que nadie hablara. Emma siguió caminando hasta llegar a un pequeño puente de piedra se detuvo unos segundos para observar el agua y fue entonces cuando levantó la vista.

A lo lejos, entre la niebla, apareció un viejo molino, el mismo molino de la fotografía… Un escalofrío recorrió su espalda durante un instante estuvo a punto de cambiar de dirección, pero algo le digo que debía acercarse, debía comprobar si realmente era el mismo lugar.

Pero, recordó el carrete que llevaba en la mochila, primero debía revelar aquellas fotografías y después tendría tiempo para buscar respuestas. Así qué, continuó caminando.

Al doblar la siguiente esquina encontró un antiguo letrero de madera las letras un poco desgastadas por los años aún podían leerse con claridad. “Van Dijk Fotografía”.

Emma sonrió con curiosidad la fachada parecía detenida en otra época, en la vitrina descansaban cámaras analógicas, marcos de madera y retratos en blanco y negro de personas desconocidas que, pese al paso del tiempo, seguían sonriendo para quien quisiera mirarlas.

Respiró hondo. Apoyó la mano sobre el picaporte, y empujó la puerta… una pequeña campana anunció su llegada. El interior estaba en silencio; Olía a madera antigua, café recién hecho y productos de revelado las paredes estaban cubiertas de fotografías del pueblo, algunas mostraban calles que ya no existían.

Otras retrataban familias enteras celebrando cumpleaños, bodas o simples domingos de primavera, Emma avanzó lentamente entre ellas, no parecía una tienda parecía un lugar donde los recuerdos habían encontrado refugio.

—Un momento, por favor.

La voz llegó desde una habitación al fondo.

Era una voz tranquila. Serena.

Emma esperó en silencio mientras observaba una vieja cámara expuesta dentro de una vitrina, entonces… escuchó unos pasos, lentos y firmes…Y, un segundo después, un joven apareció sosteniendo una caja llena de fotografías antiguas.” Era un poco mayor que Emma.

Llevaba un suéter gris de lana con las mangas remangadas hasta los antebrazos y un delantal oscuro con pequeñas manchas de los químicos que se utilizaban para revelar fotografías. Su cabello castaño parecía haber perdido la batalla contra el viento de aquella mañana y, detrás de unas gafas de montura fina, había unos ojos atentos, acostumbrados a observar más de lo que decían.

No parecía sorprendido por la presencia de Emma le dedicó una sonrisa amable, de esas que no buscan impresionar, sino hacer sentir bienvenido al otro.

—Perdona la espera —dijo mientras dejaba la caja sobre el mostrador—. Estaba organizando algunos archivos. Justo cuando apoyó la caja, varias fotografías resbalaron y cayeron al suelo.

—Vaya… Esto pasa más seguido de lo que me gustaría admitir.

Emma no pudo evitar sonreír, se agachó para ayudarlo.

Las fotografías estaban llenas de pequeños momentos: un niño aprendiendo a montar bicicleta, una pareja de ancianos tomada de la mano, un perro corriendo entre los tulipanes.

Cuando ambos fueron a recoger la última imagen, sus manos estuvieron a punto de encontrarse los dos se detuvieron un instante, luego rieron con naturalidad.

—Parece que esta no quiere decidir quién debe recogerla —comentó Emma.

—Quizá solo quería asegurarse de que alguien la mirara otra vez.

Ella observó la fotografía. Era una familia posando frente al canal, sonreían como si el tiempo no pudiera alcanzarlos.

—Debe ser bonito conservar tantos recuerdos de otras personas.

Noah acomodó las imágenes con cuidado antes de responder. —A veces sí.

Hizo una breve pausa.

—Y a veces es difícil. Algunas fotografías guardan historias que nunca terminan de irse.

Emma sintió que aquella respuesta escondía algo más, pero decidió no preguntar.

Abrió su mochila y sacó la cámara la colocó con delicadeza sobre el mostrador.

Noah dejó de hablar, la miró en silencio, no la tocó. Simplemente la observó, había reconocimiento en su mirada como si estuviera frente a un objeto que creía perdido.

—Es una cámara muy bien cuidada —dijo finalmente.

—Era de mi abuelo.

Noah levantó la vista.

—¿Él también tomaba fotografías?

Emma sonrió con cierta nostalgia.

—Creo que era su forma de conservar los momentos importantes.

Encontré esta cámara en su ático… junto con un carrete que nunca alcanzó a revelar.

Mientras hablaba, sacó el pequeño carrete y lo dejó junto a la cámara.

Noah lo tomó con cuidado. Giró lentamente el cilindro entre sus dedos.

—Todavía está en buen estado. Podremos revelar las imágenes.

Emma sintió un pequeño alivio. —Me alegra escuchar eso. No sé qué hay ahí dentro… pero siento que es importante.

Noah levantó la mirada por un instante pareció debatirse entre hacer una pregunta o guardar silencio. Al final preguntó con serenidad:

—¿Cómo se llamaba tu abuelo?

Emma respondió…

Y entonces ocurrió algo tan breve que casi pasó desapercibido.

La sonrisa de Noah desapareció durante apenas un segundo.

Sus dedos se tensaron alrededor del carrete.

Después respiró hondo.

Y volvió a sonreír. —Lo recuerdo.

Venía mucho por aquí.

Era un hombre que siempre esperaba unos minutos más antes de recoger sus fotografías… decía que las buenas historias no debían tener prisa. Emma sintió una inesperada calidez al escuchar aquello.

Era la primera vez, desde la muerte de su abuelo, que alguien hablaba de él como si aún caminara por las calles del pueblo.

—Gracias por contarme eso.

Noah asintió.

—Las fotografías estarán listas mañana por la tarde.

Emma guardó el recibo que él le entregó.

—Entonces volveré mañana.

—Aquí estaré.

Ella sonrió por cortesía y salió de la tienda la campanilla volvió a sonar cuando la puerta se cerró. Noah permaneció inmóvil unos segundos, esperó hasta verla cruzar el puente de piedra frente a la tienda solo entonces caminó hacia una vieja estantería abrió un pequeño cajón de madera, sacó un sobre amarillento dentro había una fotografía…

La sostuvo entre sus manos no mostró la imagen completa; solo un detalle, cinco jóvenes, un molino al fondo y una esquina rasgada.

Noah cerró los ojos un instante.

—Así que has vuelto… —susurró.

Y, por primera vez en muchos años, el pasado dejó de ser un recuerdo. Se convirtió en una promesa.

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