Mundo ficciónIniciar sesión“Hay silencios que asustan más que cualquier palabra. Porque en ellos suele esconderse la verdad.”
Emma permaneció inmóvil, la fotografía seguía en el suelo, justo donde el viento la había dejado caer durante unos segundos fue incapaz de moverse. El corazón le latía con fuerza, mientras sus ojos recorrían el ático buscando una explicación para aquella extraña sensación de no estar sola. No había nadie solo el crujido de la vieja madera y el sonido de las ramas golpeando suavemente la ventana.
Respiró hondo. —Solo fue el viento… —susurró para convencerse a sí misma.
Se agachó y recogió la fotografía con cuidado la observó nuevamente: El molino, los campos de tulipanes y los tres adolescentes sonriendo y aquel doblez antiguo que ocultaba el resto de la imagen.
Sintió el impulso de abrirla por completo sus dedos apenas rozaron el pliegue. Pero, se detuvo.
La hoja era tan antigua que cualquier movimiento brusco podía romperla volvió a guardarla dentro de la caja junto a la cámara y el carrete sin revelar. Fue entonces, cuando reparó en algo que había pasado por alto el carrete todavía estaba dentro de su envoltorio metálico.
Nunca había sido revelado. —¿Qué habrá visto esta cámara? —pensó. Cerró la caja lentamente.
Antes de salir del ático volvió a mirar la inscripción grabada en la tapa “Para quien tenga el valor de recordar.” No supo por qué, pero aquellas palabras le produjeron un escalofrío.
La casa olía a café recién hecho cuando bajó las escaleras, su madre estaba en la cocina limpiando algunas tazas que habían pertenecido al abuelo durante unos minutos ninguna dijo una palabra, el silencio no resultaba incómodo era el mismo silencio que las acompañaba desde el funeral.
—¿Encontraste algo interesante arriba? —preguntó finalmente su madre.
Emma dudó unos segundos.
—Una cámara antigua.
Su madre levantó la mirada y sonrió con nostalgia.
—Claro… Tu abuelo nunca iba a ninguna parte sin ella.
—¿Le gustaba la fotografía?
—No solo le gustaba. Era su manera de recordar.
Emma bajó la vista hacia la taza que tenía entre las manos.
—Había un carrete dentro de la caja.
Su madre dejó el paño sobre la mesa.
—Entonces deberías revelarlo.
Quizá haya fotografías que nunca alcanzó a ver.
Emma sintió un nudo en el pecho.
—¿Sabes dónde podría hacerlo?
La respuesta llegó sin que su madre necesitara pensarlo.
—Solo existe un lugar.
La antigua tienda de fotografía del pueblo, tu abuelo jamás confiaba sus carretes a nadie más. Esa noche apenas pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la fotografía doblada y aquellas dos palabras escritas al reverso. “Perdón.” “Algunas promesas nunca debieron hacerse.”
Cuando el reloj marcó las siete de la mañana, decidió que no podía esperar más necesitaba revelar aquel carrete.
Y quizá, solo quizá, descubrir por qué alguien había guardado durante tantos años una fotografía incompleta dentro de una caja que parecía destinada a ser encontrada.
Sin saberlo, Emma estaba a punto de dar el primer paso hacia una historia que llevaba veinte años esperando ser contada.







