EL CUADERNO AZUL

“Las palabras también pueden ser un refugio. Algunas esperan años, en silencio, hasta encontrar a la persona indicada.”

Emma salió de Van Dijk Fotografía con el recibo cuidadosamente guardado en el bolsillo de su chaqueta. El aire seguía siendo fresco, aunque la niebla de la mañana había comenzado a disiparse.

Cruzó el pequeño puente de piedra sin darse cuenta de que, desde la ventana de la tienda, Noah la observaba alejarse. No volteo la vista, no porque no quisiera sino porque tenía la sensación de que, si lo hacía, comenzaría a hacerse preguntas para las que todavía no estaba preparada.

Mientras caminaba, recordó la tranquilidad con la que Noah hablaba de su abuelo. “Era un hombre que siempre esperaba unos minutos más antes de recoger sus fotografías…” Sonrió sin darse cuenta. Sí. Eso era muy propio de él, su abuelo nunca tenía prisa. Decía que algunas cosas necesitaban su propio tiempo; como el pan recién horneado, como las flores antes de abrirse, como las personas antes de contar una verdad.

Emma levantó la vista el pueblo parecía diferente bajo la luz del mediodía las terrazas comenzaban a llenarse de gente, las bicicletas cruzaban los puentes con la naturalidad de quien conocía cada rincón, por primera vez desde su llegada, sintió que aquel lugar empezaba a resultarle un poco menos desconocido.

Cuando abrió la puerta de la casa, el aroma a sopa recién hecha la recibió antes que la voz de su madre.

—¿Cómo te fue?

Emma dejó la mochila sobre una silla.

—Bien.

Hizo una pausa.

—El carrete estará listo mañana.

Su madre sonrió.

—Tu abuelo siempre decía que revelar una fotografía era como abrir un regalo. Nunca sabías exactamente qué ibas a encontrar.

Emma dejó escapar una pequeña risa.

—Creo que Noah piensa parecido.

—¿Noah?

—El muchacho de la tienda.

Fue muy amable.

Su madre asintió con naturalidad.

—Lo recuerdo de pequeño. Venía muchas veces con su abuelo.

Emma levantó la mirada.

—¿También conocía al abuelo?

—En los pueblos pequeños todos terminan conociéndose de una u otra forma.

La respuesta fue sencilla.

Pero Emma sintió que no respondía del todo a la pregunta que había querido hacer.

No insistió.

Después de almorzar, ambas continuaron revisando las cajas que aún permanecían en la sala; había libros, mantas tejidas, discos antiguos y pequeños recuerdos de viajes.

Emma abrió una caja de cartón algo más pequeña que las demás, dentro encontró una brújula, una bufanda de lana cuidadosamente doblada y un cuaderno de t***s azules, desgastado por el uso, lo sostuvo entre las manos. No tenía título solo unas iniciales grabadas con discreción en la esquina inferior las recorrió con la yema de los dedos.

Su madre levantó la vista desde el otro lado de la habitación.

—Hace años que no veía ese cuaderno.

—¿Era del abuelo?

Ella asintió.

—Siempre escribía algo antes de salir a tomar fotografías.

No sé si eran ideas… o simplemente pensamientos.

Emma abrió la primera página con el mismo cuidado con el que había sostenido la fotografía doblada. La letra era inconfundible, firme, serena.

La primera frase ocupaba toda la hoja. “La memoria es como la luz. A veces basta un pequeño destello para iluminar lo que creíamos perdido.”

Emma permaneció unos segundos observándola pasó la página, no encontró fechas, ni relatos, solo pensamientos escritos aquí y allá como si su abuelo hubiera querido atrapar ideas antes de que el viento se las llevara. “Las personas cambian. Las fotografías solo nos recuerdan quiénes fuimos.”

Otra página “Nunca tomes una fotografía para demostrar que estuviste allí. Hazla para recordar cómo te sentiste.”

Emma sonrió. Podía imaginarlo diciendo esas palabras mientras ajustaba el lente de su cámara, continuó pasando hojas lentamente hasta que algo llamó su atención. Una página había sido arrancada no de forma descuidada sino con precisión, solo quedaba un pequeño borde de papel junto al lomo del cuaderno.

Emma frunció el ceño, Pasó el dedo por aquel espacio vacío sintió un extraño vacío en el pecho no sabía por qué, pero estaba segura de una cosa quien arrancó esa página… No quería que alguien la leyera.

Cerró el cuaderno con suavidad, se acercó a la ventana del salón a lo lejos, el viejo molino apenas se distinguía entre las nubes que comenzaban a cubrir el cielo. Aquel lugar aparecía una y otra vez en la fotografía, en sus pensamientos y ahora…

También en sus preguntas, sin saberlo, Emma acababa de descubrir que su abuelo no solo había dejado recuerdos, había dejado un camino y alguien, muchos años atrás, había intentado borrar una parte de él.

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