Mundo ficciónIniciar sesión“Hay personas que llegan a nuestra vida sin hacer ruido. Solo mucho después comprendemos que la historia ya las había elegido.”
El camino de regreso a casa transcurrió en silencio, Emma llevaba el sobre color marfil entre las manos, sujetándolo con cuidado para que el viento no doblara las fotografías. Caminaba despacio, siguiendo el borde del canal, mientras el agua reflejaba los últimos destellos de la tarde.
Sin embargo, por primera vez desde que había llegado al pueblo, las fotografías no ocupaban por completo sus pensamientos.
Había algo más.
O, mejor dicho…
Alguien más.
Recordó el momento en que leyó la nota de su abuelo “Si has llegado hasta aquí, significa que ya encontraste a la persona correcta.” Después recordó a Noah.
No había intentado darle una explicación, no había llenado el silencio con palabras apresuradas simplemente había permanecido allí, respetando el instante como si entendiera que algunas respuestas necesitaban tiempo.
Emma sonrió para sí. Era extraño, apenas lo conocía y aun así, tenía la sensación de que su presencia transmitía una calma difícil de explicar. Sacudió ligeramente la cabeza, no era momento de pensar en eso. Todavía había demasiadas preguntas esperando una respuesta.
Levantó la vista. A lo lejos, puedo ver el viejo molino se recortaba sobre el cielo gris, inmóvil, como un centinela que llevaba años vigilando el mismo paisaje, sintió un escalofrío algo le decía que aquel lugar guardaba una historia que todavía nadie se había atrevido a contar.
Al llegar a casa encontró a su madre en la cocina el aroma de una sopa caliente llenaba la estancia
—¿Cómo fue? —preguntó ella con una sonrisa.
Emma dejó el sobre sobre la mesa.
—Más extraño de lo que imaginaba.
Su madre no insistió.
Conocía demasiado bien a su hija para saber que hablaría cuando estuviera preparada, después de cenar, Emma subió a su habitación. Cerró la puerta con suavidad, colocó las fotografías sobre el escritorio, una junto a la otra.
El molino.
Las bicicletas.
El banco con la bufanda roja.
Las observó durante varios minutos, sin prisa recordó otra frase del cuaderno azul. “Las fotografías nunca tienen prisa. Siempre esperan a quien esté dispuesto a observar de verdad.”
Aquellas palabras parecían escritas para ese momento abrió su propio cuaderno, uno pequeño de t***s color arena, donde solía anotar ideas, frases y recuerdos, en una página en blanco escribió un solo título.
Preguntas.
Debajo comenzó a escribir lentamente.
¿Quién estaba en la ventana del molino?
¿Por qué la bufanda aparece también entre las cosas del abuelo?
¿Qué quiso decir con «la persona correcta»?
Se quedó mirando aquellas líneas no estaba buscando respuestas, solo intentaba ordenar el caos que empezaba a crecer dentro de ella volvió a tomar la primera fotografía, pero, esta vez no observó el molino. Miró el fondo, los árboles, las sombras, las ventanas. Entonces descubrió un detalle que hasta ese momento había pasado desapercibido… A lo lejos, casi escondido entre los tejados, se veía el reloj de la iglesia.
Tomó la segunda fotografía, el reloj volvía a aparecer, en la tercera también; Emma acercó la lámpara buscó la lupa que había encontrado días atrás entre las pertenencias del abuelo con mucho cuidado examinó las imágenes, las agujas del reloj marcaban exactamente la misma hora cinco y veinte. En las tres fotografías.
Permaneció inmóvil unos segundos, no podía ser una casualidad anotó una nueva pregunta en el cuaderno…
¿Qué ocurrió a las cinco y veinte?
Rodeó la frase con un círculo apoyó el lápiz sobre el escritorio y dejó escapar un suspiro; cada respuesta parecía abrir una nueva puerta. Y detrás de cada puerta…
Había un nuevo misterio.
Antes de dormir bajó nuevamente a la cocina, su madre terminaba de guardar algunos platos Emma dejó una de las fotografías sobre la mesa.
—Mamá… ¿recuerdas el reloj de la iglesia?
Ella observó la imagen durante unos segundos.
—Claro.
—¿Funcionaba cuando el abuelo tomó estas fotografías?
Su madre negó con suavidad.
—No. Llevaba muchos años detenido.
Emma frunció el ceño.
—Entonces… ¿por qué marca la misma hora en todas?
Su madre permaneció pensativa, después sonrió con nostalgia.
—Tu abuelo solía decir que los pueblos también tienen memoria.
Emma guardó silencio.
Aquella frase no respondía a su pregunta, pero, de alguna manera, hacía que el misterio pareciera todavía más profundo; ya en su habitación, volvió a colocar las fotografías sobre el escritorio.
Miró una última vez el cuaderno las preguntas seguían allí. Esperando. Tomó el lápiz y escribió una última frase al final de la página Mañana volveré a la tienda no porque esperara encontrar respuestas inmediatas Sino porque había comprendido que algunas historias solo podían descubrirse cuando se observaban desde más de una mirada. Cerró el cuaderno.
Apagó la lámpara, pero dejó las fotografías extendidas sobre el escritorio como si incluso en la oscuridad siguieran esperando el momento exacto para revelar aquello que llevaba tantos años callando.







