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UN DOMINGO DE ABRIL
UN DOMINGO DE ABRIL
Por: Lunaroja
LA FOTOGRAFÍA DOBLADA

“Hay casas que guardan muebles. Otras guardan secretos.”

El pueblo apareció entre la niebla como si hubiera estado esperándola.

Emma apoyó la frente contra la ventana del automóvil mientras observaba las casas de ladrillo rojo, los canales tranquilos y las bicicletas apoyadas junto a pequeños puentes de piedra. Todo parecía inmóvil. Incluso el viento parecía caminar despacio por las calles. Nunca había estado allí. Y, sin embargo, tenía la extraña sensación de conocer aquel lugar.

—Ya casi llegamos —dijo su madre, sin apartar la vista del camino. Emma respondió con un leve movimiento de cabeza. No tenía ganas de hablar, hacía apenas dos semanas que su abuelo había muerto. Desde entonces, el silencio se había instalado entre ellas como un pasajero más.

El automóvil se detuvo frente a una casa antigua, cubierta por una enredadera que abrazaba la fachada como si intentara impedir que el tiempo siguiera avanzando. Era hermosa, y triste, las ventanas permanecían cerradas. La pintura comenzaba a desprenderse de la madera; en el jardín, los tulipanes crecían libres entre la hierba alta, como si nadie hubiera tenido el valor de arrancarlos desde hacía mucho tiempo.

Emma bajó lentamente. El aire olía a tierra húmeda y a lluvia reciente, miró la puerta principal, por alguna razón, sintió que aquella casa no estaba vacía. Solo estaba esperando a alguien o algo. Su madre abrió la puerta con una llave antigua, un leve crujido rompió el silencio, desde entonces,  el tiempo parecía haberse detenido, los muebles seguían en su lugar, más un reloj que no funcionaba marcaba las cuatro y doce exactamente.

Sobre una mesa descansaban unas gafas, un libro abierto y una taza de porcelana, como si su abuelo hubiera salido solo un momento. Emma tragó saliva. Era imposible entrar allí sin sentir su ausencia.

—Voy a empezar con las cajas de la sala —dijo su madre con voz suave—. Si necesitas algo, estaré abajo.

Emma asintió. No sabía exactamente qué buscaba, pero sus pasos la llevaron hacia una estrecha escalera de madera, que cantaba con cada paso en sus peldaños. Al llegar arriba encontró una pequeña puerta, empujó el picaporte.

El ático estaba cubierto de polvo, la luz de la tarde entraba por una ventana redonda, dibujando pequeñas partículas suspendidas en el aire. Había estanterías repletas de libros, cajas etiquetadas con fechas, un viejo caballete y un escritorio lleno de papeles amarillentos.

Entonces la vio. Una caja de madera oscura, cuidadosamente cerrada, no era la más grande, ni la más llamativa, Pero, algo en ella parecía reclamar su atención. Emma la tomó entre las manos. La madera estaba fría, en la tapa había una inscripción apenas visible:

“Para quien tenga el valor de recordar.”

El corazón le dio un vuelco. Respiró hondo, levantó lentamente la tapa, dentro había una cámara analógica perfectamente conservada y un carrete fotográfico, los acompañaba una fotografía doblada por la mitad.

Con cuidado la abrió solo pudo ver una parte de la imagen, Un molino, un campo de tulipanes y lo más sorprendente tres adolescentes sonriendo a la cámara. El resto de la fotografía permanecía oculto por un doblez antiguo que parecía llevar años sin abrirse.

Le dio la vuelta, al reverso había una frase escrita con tinta azul, de la letra inconfundible de su abuelo. “Algunas promesas nunca debieron hacerse.” debajo de aquella frase aparecía una única palabra Perdón. En ese mismo instante, una ráfaga de viento abrió de golpe la ventana del ático… La fotografía cayó al suelo. Y, por un breve segundo, Emma tuvo la extraña sensación de que no estaba sola en la habitación.

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