Laura entró en su habitación, donde la tenue luz proyectaba sombras sobre las paredes. Su corazón dio un vuelco al ver de repente a Anna sentada en un rincón, completamente inmóvil y con el rostro inexpresivo.
—¡Santo cielo! —exclamó Laura, llevándose instintivamente una mano al pecho mientras el aire se le atascaba en la garganta.
Al darse cuenta de que solo era Anna, soltó un suspiro de alivio, aunque el susto aún no desaparecía del todo.
—Anna, casi me matas del susto —dijo con la voz todaví