—¿Él envió eso? —preguntó Jennifer con el ceño fruncido y una mirada llena de dudas—. No te creo —confesó.
—¡Ugh! ¡Eres una incrédula! —bufé y tomé rápidamente mi teléfono del mostrador de la sala.
Le acababa de contar sobre el mensaje que el Sr. Blackwood me había mandado la noche anterior. ¿Por qué no habría de creerme?
—¡Mira! —dije mientras abría a toda prisa la bandeja de mensajes, pero entonces se me descompuso el rostro por la confusión. ¿El mensaje ya no estaba?
—¿Dónde está? Vamos, ¡mu