— Estoy lista —dijo ella, guardando el celular en el bolso.
Alexander se giró lentamente. Su rostro era una máscara impasible, pero sus ojos grises eran dagas.
— Vámonos —dijo, seco.
— ¿Pasa algo? —preguntó Lucía, notando el cambio de temperatura en la habitación.
— Nada. El abuelo espera. Y odia es